Por Rocío

Esta semana que recién terminó ha sido de mucho trabajo para todos en Al Andalus. Felipe dedicó la semana a sacar partituras y todos hemos afinaron detalles para el maratónico ensayo del domingo. El tejido de La Vendedora de Fósforos, va adquiriendo formas y colores, para que Silvia, nuestra directora escénica, pueda rectificar puntadas y ajustar costuras a todo lo que se necesite.

El sábado, las bailaoras de la compañía trabajaron toda la mañana en terminar de dar forma a los personajes de la historia y en construir los enlaces entre una pieza y otra, para que el cuento no tenga baches ni espacios en blanco.

Pero quería comentar de especial manera el trabajo sobre la escena de La Fiesta. Abarca alrededor de quince minutos y está conformada por un grupo de tangos flamencos. Alrededor de 25 bailaoras construyen esta escena donde se representa una fiesta de Navidad. El tango flamenco tiene un ritmo muy contagioso que nos es más cercano en estas latitudes porque de alguna manera nos remite a algo parecido a la salsa caribeña. Para alguien que da sus primeros pasos en el flamenco, este “palo” le resulta familiar y es fácil que esos sentimientos de alegría y de “sabor” le lleguen desde el oído hasta el corazón.

Esta escena es la primera visión que tiene La Vendedora de Fósforos, en un desesperado anhelo de aferrarse a la vida y creer que todavía esa felicidad arrebatada puede ser posible. Es un momento en que se desprende de la realidad para hacer casi tangible las risas, la comida, la casa calientita… lo cotidiano que a veces por tenerlo siempre ni siquiera percibimos. Sin embargo, personalmente, trato siempre de ser consciente de esos pequeños detalles que hacen que las cosas valgan la pena y es precisamente esa alegría contagiosa de La Fiesta, la que me recuerda el trabajo con mis bailaoras, porque aunque algunas veces estoy a punto de “matarlas” por la desconcentración y el barullo que forman, la mayoría de los ensayos se convierten para cada una y para todas en un espacio de compartir, de quitarse el estrés del día (aunque no estoy segura a 4 semanas si nos ponemos o nos quitamos… pero bueno…) y de disfrutar.

A muchas de mis bailaoras las tengo conmigo desde muy pequeñas y por eso son como mis hijas. Hoy Alicia (profesora) tiene las suyas propias, que están apenas empezando a descubrir este camino distinto del flamenco. El martes anterior que las observé dar sus primeros zapateados y contonearse a ritmo de tango. Me dio un poco de nostalgia, hice cuenta de los
años que han pasado y que nos han permitido crecer juntas, acompañarnos en los buenos y malos ratos, y explorar, redimensionar, retarnos, empujarnos una a otra para mejorar en cada trabajo que nos proponemos desarrollar con el flamenco siempre dentro del corazón.

Si bien mi necedad de perfección me obliga siempre a buscar lo mejor en cada propuesta, mi intención es siempre el desarrollo personal de cada una, por eso son tan especiales para mi, porque de alguna manera gracias al flamenco, ha existido un espacio para que mis hijas sean mejores mujeres, para que aprendan a tolerar, respetar, cooperar, a echar una mano a quién le cueste, a tener paciencia (aunque a veces nos sigue faltando una buena dosis) y a disfrutar, disfrutar, disfrutar de todo lo que se hace. Es por esto que el espacio de La Fiesta me gusta tanto, y entre las carcajadas generales de la clase del jueves pasado cuando por el agotamiento general eran incapaces de hacer los pasos de forma coordinada y el resultado fue demasiado chistoso, les di gracias en mis pensamientos por llenar este espacio de mi vida.

Así que a ritmo de tangos flamenco y con muchas horas de trabajo invertido, va caminando “La Vendedora de Fósforos”. Ya falta poco, falta todavía que los músicos terminen de ajustarse a nosotras y aunque este proceso es un poco lento y se siente incluso un poco de miedo o ansiedad, es parte de esa fiesta flamenca y debe vivirse con placer, sin dejar de la lado la obligatoria rigidez de una disciplina, para crear un hermoso espectáculo para quienes nos acompañen el día 12 de diciembre.

Y para mis hijas: nunca olviden cuánto las quiero! Gi.