Por Rocío

Este 2010 fue un año de mucho trabajo para Al Andalus. Además de preparar  nuestro proyecto para diciembre, disfrutamos de mucho flamenco con talleres y cursos cortos. Los primeros fueron durante el Festival Internacional de las Artes a finales de marzo, con los talleres cortos que tuvimos la oportunidad de organizar con las bailaoras María José Franco y Sonia Poveda. Unos meses después, algunos de los miembros de Al Andalus participaron en los talleres organizados por el Centro Cultural de España:  El Sonido y el Gesto Flamenco, de la Compañía Bulos y Tanguerías; y en un pequeño taller de baile con la bailaora Auxi Fernández, el pasado 11 de Diciembre.

El proyecto de Al Andalus La Vendedora de Fósforos nos mantuvo muy atareados y nos permitió al mismo tiempo, crecer de forma diferente y cumplir con el reto que nos propusimos en enero. Para la compañía Al Andalus significó muchísimo crecimiento personal, a pesar de los obstáculos individuales y grupales; no obstante, el trabajo de dirección escénica de Sylvia Sossa se vió finalmente reflejado en la puesta en escena. Por otro lado, el mayor desarrollo de habilidades a nivel técnico y rítmico fue evidente para mí y me siento muy orgullosa del resultado de nuestro trabajo. Particularmente debo confesar que nunca imaginé que las sevillanas se verían tan elegantes y que lograrían transmitir la sensación del fuego de una forma tan especial. Les agradezco mucho su empeño, su paciencia y el corazón que le ponen siempre a cada proyecto. Las he visto crecer año con año y sé que tanto Sylvia como yo, estamos más que satisfechas con su desempeño en este 2010.

Las Alegrías para mi tienen algo muy especial. Es uno de mis palos favoritos y me deleito tanto en el proceso de construcción como en el resultado final. Las chicas del nivel intermedio saben cuánto nos costó lograrlas de forma impecable. La lucha que se libró para pulir los zapateados, que los brazos fueran iguales, aprender a sentir el ritmo, entender la cuenta de los pasos y finalmente interpretar los personajes madre-hija dentro del contexto del cuento, lo cual  no fue fácil al principio dada la cercanía de edades y la poca experiencia de madres en la vida real. Sin embargo, el resultado fue el que esperábamos: coreografía limpia, expresión apropiada y una sensación etérea  que me permite decirles que cumplieron su reto de este año.

El trabajo con las castañuelas y el estudiar un ritmo en cuentas de 12 del grupo que trabajó durante los días viernes, también es reto cumplido. Agradezco su entusiasmo y su alegría, las ganas que volcaron sobre la propuesta y su sensación de grupo tan fuerte que es contagiante. El tango-rumba fue de alguna forma la representación de la personalidad que tiene ustedes como grupo y estoy segura que esa sensación tan fuerte durante La Fiesta, fue sentida y aplaudida por los espectadores de forma especial.

En este 2010 también dimos la bienvenida a nuevas integrantes que se involucraron con nosotras en la aventura de aprender este arte maravilloso del flamenco. Personas muy lindas e interesantes, con muchas ganas y mucho optimismo, que en varias ocasiones me hicieron reir con sus ocurrencias. También admiro mucho el trabajo que hicieron, pues su reto fue de alguna forma mayor, ya que para muchas era la primera vez que estaban en el escenario de un teatro y eso sumado a los zapateados, brazos, torsos, cabezas, parejas, frentes y formaciones en la coreografía, es una tarea minuciosa a la cual hay que dedicarle tiempo y esfuerzo. Eso ví en La Vendedora de Fósforos, con un resultado coreográfico bastante limpio y una coordinación admirable.

Quiero rescatar también el trabajo de las profesoras Naty, Ali y Silvia, que se entregaron a la tarea de forma especial, permitiendo que el resultado final estuviera a la altura de los espectáculos que con tanto trabajo y cariño preparamos año con año. No puedo tampoco olvidarme de nuestros músicos que ponen todo su talento y ganas tanto en el cante como en la música para permitir que el proyecto tome forma.

Finalmente quiero dar las gracias a todos los que permitieron que con La Vendedora de Fósforos, los abuelitos del Hogar de Tirrases tuvieran una Navidad diferente. En el perfil de facebook  Naty ha colocado un pequeño video que resume nuestra visita al hogar y la entrega de los regalos. Aunque no todos fueron  a la visita, los que fuimos agradecimos las sonrisas, las muestras de cariño y la posibilidad que esos abuelos nos brindaron de redescubrir el significado de la Navidad. También pueden ver fotos en este álbum.

De esta manera tan satisfactoria cerramos este 2010. Muy feliz fin de año y que el 2011 sea tan hermoso e interesante como este 2010. Gracias a todas las personas que de una u otra forma colaboraron con nuestro proyecto y esperamos sorprenderlas de nuevo en el año que está por llegar, cuando estaremos celebrando (los más viejitos) 20 años de Al Andalus.
Les dejo con una crítica sobre La Vendedora de Fósforos, escrita por el actor y periodista Rodolfo González Ulloa:


Cuando el cuerpo canta

En psicología se dice que cuando la voz calla, el cuerpo habla. En la danza, el cuerpo ya no sólo  habla sino que canta en una partitura de movimientos, gestos y ritmos, las narrativas, afirmaciones y sentimientos que coreógrafas  y bailarinas (coreógrafos y bailarines) trabajan artísticamente en un espectáculo.

Cuando la historia es intensa, y el trabajo en escena es honesto, desde la butaca uno percibe que en  las tablas el cuerpo  de quienes danzan  grita los silencios, es decir, aquello que el personaje de la historia no diría expresamente, pero que vive en su interior.

Eso es lo que yo percibí en el espectáculo “La  Vendedora de Fósforos”, del grupo Al Andalus, particularmente en el trabajo de Natalia Rodríguez, quien interpretó el papel protagónico en esta adaptación de un cuento de Hans Christian Andersen, publicado en 1845, según notas del programa.

Cuenta la historia de una niña, vendedora ambulante de fósforos, que para no morir de frío, la noche de Navidad, consume lentamente toda la mercadería, hasta que muere congelada. Así de crudo.  Así de crítico. Aquí no hay nieve…pero mucha gente muere de otro tipo de frío en Navidad.

El montaje partió de una idea bastante retadora: llevar este  cuento navideño, de origen danés, al lenguaje del baile flamenco, en concreto a fandangos, bulerías, bambera, farruca, tangos, alegrías, soleá y sevillanas.

Al Andalus eligió este relato porque para ellos  “reúne muchos de los sentimientos y sensaciones para las cuales este arte es un vehículo ideal”.

A mi me gustó porque  el espectáculo  supo dosificar las emociones de un relato que, si bien es  profundamente trágico, utilizó  ritmos, escenas y  matices que, en medio de ese drama, puso pequeñas dosis de esperanza, alegría, aunque  efímeras como un fósforo que se quema. Esto hizo que el mensaje llegara, sin saturar a la audiencia.

También  porque hubo un balance adecuado entre los textos de las canciones y lo que cuenta la coreografía. Me dio la impresión de que el gesto y el texto no redundaban, sino que se complementaban, es decir, no era indispensable escuchar la letra para entender el relato, pero tampoco sobraba el texto.

Rescato particularmente el delicado trabajo de dirección de Rocío González, para saber combinar las fortalezas de sus bailarinas, de distintos niveles en su etapa de formación, disimulando sus carencias con efectividad y explotando al máximo sus virtudes.

Dos momentos me conmovieron profundamente. La escenificación del fuego como danza, y la relación de la vendedora de fósforos con las llamas. Y por supuesto, la escena final, el careo con la muerte y el abrazo entre la niña y el espíritu de la madre.

En síntesis, un trabajo de gran honestidad, disciplina y calidad que genera expectativas muy altas para el siguiente proyecto de la agrupación.