El Patio de los Naranjos es muy significativo por la representación simbólica que le conferí al marcar un “después” en mi vida. Como dicen por ahí que nada ocurre por casualidad, mientras trataba de obligarme a pensar en un proyecto nuevo para realizar el cierre del año 2013, prácticamente me llegaron a las manos y a los mensajes de mi correo en la computadora y en mi teléfono, las fotografías de los cuadros Limones y Naranjas, Gitana de la Naranja, Camino de las Bodas y Viva el Pelo, del pintor Cordobés: Julio Romero de Torres. Al mismo tiempo que Jostein Gaarder me robaba el corazón con una novela simple y corta titulada: La Mujer de las Naranjas, que nuevamente tocaba aspectos sensibles de mi experiencia personal de vida. Luego llegaron los blogs particulares y algo exóticos, diría yo, así como los poemas de Lorca y hasta un documento que analizaba el simbolismo de las naranjas y los limones dentro de sus textos.

Entonces consideré que el camino estaba más que señalado y tomé la decisión de asumir que: es tiempo de naranjas! Permití que la sensación del Patio de los Naranjos se instalara otra vez en mi corazón.

El olor a azahar, el verde brillante de las hojas, las tonalidades de amarillos y naranjas, el pincel que se mueve como si bailara sobre el lienzo y la mujer que pinta… ¿Qué pinta? Tiene un discurso propio y muy íntimo. Quiere sumergirse en el asombro, en los colores propios de la vida, en la sencillez de la naranja. Quiere celebrar con los tonos brillantes y llorar la pérdida entre grises y negros, para finalmente colorear en una esquina de manera casi imperceptible, una diminuta flor blanca como signo de esperanza y agradecimiento por lo que se nos permite vivir.

¿Cómo llegar hasta ese mundo con los zapatos de tacón? Ese es precisamente el reto que tengo pendiente. Hay distintas personas trabajando en el proceso tratando de comprender cómo es “mi tiempo de naranjas”. Poco a poco va tomando sentido, aportan ideas interesantes y hasta desconocidas, con el objetivo de lograr una atmósfera completa y mágica que permita el disfrute no sólo del intérprete, si no de quienes observan cómo se pinta este cuadro.