Muchos fueron los sentimientos que este año tuve extendidos sobre mi cama para seleccionar cuáles formarían parte de  mi equipaje antes de emprender este viaje. Tuve que hacer recuentos y paradas en varias ocasiones para decidir qué guardar en la maleta y qué dejar. Para quien mira desde fuera, este proceso es invisible, sin embargo me gustaría compartirlo un poco para que nuestro trabajo final pueda ser comprendido desde una óptica distinta.

Mi itinerario este 2014 ha sido complejo. Empezar el año con plena conciencia de que alguien que ha estado contigo por casi 23 años partirá dentro de poco, no es sencillo de asumir. Aunque desde el año pasado la idea de trabajar con la migración ya daba vueltas en mi cabeza, quizá los acontecimientos sin querer me señalaron este camino. Soy una hija de migrantes, pero no pensaba en mis propias experiencias sino más bien en cómo la migración había dejado su huella de manera particular en la vida de la abuela de Triana, quien vino desde Córdoba, España, como lo hacen la mayoría de los migrantes: con la esperanza de una vida mejor.

Entonces empecé a explorar las migraciones españolas hacia América y encontré un espacio histórico desconocido para mí, pero muy interesante. Estudiar el tema no fue fácil, porque en ciertos momentos de forma inevitable hacía conexión con la realidad de Doña Ana y de cuando en cuando tenía que parar porque el cúmulo de sentimientos simplemente me asfixiaba y no me sentía capaz. En este proceso que decidí emprender en un intento de lograr mayor comprensión y obtener respuestas de quién no podía ofrecérmelas, mi propia bisabuela decidió colarse en el guión.

Luego del fallecimiento de mi abuelo, mi madre, ordenando y empacando sus pertenencias se da cuenta que mi abuelo fue hijo de migrantes españoles. En realidad, mientras vivió, no supimos mucho sobre la historia de su familia porque siempre fue un tema vedado, pero por las fechas y las fotografías encontradas, mis bisabuelos pertenecieron a esos 5,3 millones de migrantes que se fueron de España a finales de 1800 y hasta el primer tercio del siglo XIX, en busca de una vida mejor, huyendo de los conflictos armados, del desempleo y de la pobreza.

Mis compañeras Alexa, Alejandra y Paola, contribuyen a mi recopilación de material con una serie de libros, escritos y videos, con los cuales las imágenes de lo que esperaba lograr fueron llegando y aunque como equipo continuamos aún en el proceso de modelaje de este trabajo del 2014, creo que lo esencial ya está dentro del equipaje y listo para ser compartido.

Pero a todo esto pareciera que el flamenco será sólo el medio para llevar hasta ustedes este proceso personal de estudio, sin embargo, en su compleja conformación, también el flamenco se nutre de los migrantes. Los llamados “cantes de ida y vuelta” con los que trabajaremos nuestra puesta en escena, son producto de la fusión/interpretación de melodías y canciones americanas que fueron incorporadas al flamenco. Entre estos palos se destacan las guajiras, vidalitas, milongas y colombianas, entre otros. La influencia principal se ubica geográficamente en Argentina y en Cuba. El proceso de estudiar y trabajar con estos cantes no fue menos interesante y así al llegar a este punto en el año, cada testimonio, poema o análisis sobre migración, se dibuja para mí en letras flamencas.

Con el alma aferrada.

Espero que lo disfruten. Estamos trabajando mucho!