“Con el alma aferrada” es un verso de un tango famosísimo de Carlos Gardel, “Volver”, y es el nombre del espectáculo que estrenamos este próximo fin de semana las Ál Andalus. Todo empezó como una idea para enmarcar palos “de ida y vuelta”, que no son más que ritmos del flamenco que tienen influencia americana, pero con el tiempo fueron tomando forma para hablar y pensar en otras cosas…

Cada año, el montaje de fin de año de nuestra Casa Al Ándalus es todo un proceso grupal para el que trabajamos muchísimo. A veces, cuando miro a las chicas bailando en los ensayos generales (mis días favoritos del año), pienso en todo el trabajo que hay detrás de cada paso, de cada movimiento. El flamenco es asombrosamente difícil y quienes lo han practicado alguna vez saben que no exagero. Hay que pensar en tantísimas cosas a la vez cuando se ejecuta algún paso que cuando en clase les digo a mis chicas la lista de cosas en las que deben concentrarse al hacer algo que parece muy sencillo les digo que “al menos de Alzheimer no moriremos”, jeje!

Pero además, cada espectáculo representa siempre un proceso para cada una de las chicas, por muy diversas razones, ya sea por el reto que significa ejecutarlo como por las fibras que las canciones o el espectáculo en general toca en cada una.

Este año hablamos de migración, un fenómeno del que casi nadie está ajeno. Todos, o casi todos, conocemos por lo menos algún migrante y su historia de vida, casi siempre llena de momentos duros y tristes. Pero hay otro tipo de migración que para muchos es igualmente compleja, y ese fue mi proceso personal de este año.

Los ejemplos en la vida cotidiana sobran: a veces migrar es cambiar de trabajo, otras veces es romper ciclos familiares dolorosos, a veces es terminar una relación; otras vivir un cambio repentino, un detonante, que nos obliga a movernos del estado emocional en el que estamos. Y muchas veces estamos como el tango: “Con el alma aferrada a un dulce recuerdo”, aunque muchas veces ese recuerdo ni haya existido. No por nada hay una frase célebre que también es parte del espectáculo que dice “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca ocurrió”. Entonces migrar se vuelve muy triste, como la Vidalita que verán el domingo, por más que sepamos que toca hacerlo. Se produce toda una guerra interior, como la guerra con la que iniciamos el espectáculo, y un dolor inevitable  que parece que nunca se va a acabar al que se le hace frente de muy variadas –y hasta creativas- maneras.

Otras veces migrar implica “romper cosas y aguantar el aguacero”, como dice alguien a quien quiero mucho. Pero sabemos que hay que hacerlo si queremos estar mejor. Implica romper con patrones que no nos hacen bien, tirar las cosas que nos atan a lo que no nos conviene y decidir, sí, decidir, ser felices.

De todo eso se ha tratado mi año. Tanto personalmente como en muchas personas cercanas a las que quiero se han producido migraciones inexorables y en muchos casos hasta necesarias. Difíciles todas. Algunas continúan, otras ya terminaron. Varias de ellas, como la mía, terminaron como termina el espectáculo: felices en el nuevo lugar al que llegamos.

Hoy almorcé con una de esas personas cercanas al que el año “revolcó”. Y aunque reconoce que no fue el mejor año de su vida (“este año fue una mierda” fueron sus justas palabras, para ser más exactos) me dijo algo que me hizo terminar de redondear lo que venía pensando: “vivir es un acto de fe”. Y sí: nos mantenemos vivos porque sabemos que, aunque nuestro presente a veces no esté tan bien, vale la pena seguir en este mundo para poder disfrutar lo bueno que sabemos vendrá. Y por eso migramos, porque la vida bien vale la pena.

Yo creo que todo eso se refleja en “Con el alma aferrada”. Ojalá nos acompañen este domingo desde sus butacas y gracias desde ya a todos los que asistirán :)