Mi primer recuerdo de Al Ándalus fue al compás de los bastones. Caminé tímidamente hacia la escalera y el sonido penetró en cada arteria. Ese es mi recuerdo predilecto, al que vuelvo cada vez que senti-pienso en la academia que me acogió hace ya tres años. Justamente durante el primer ensayo general para nuestro próximo espectáculo “Con el alma aferrada”, el poderoso sonido de los bastones me hizo llorar de alegría; no solamente por revivir aquel episodio, sino porque en ese instante me di cuenta de cuánto he crecido. He ido y vuelto física, mental y espiritualmente, como estoy segura lo han hecho todas y todos quienes formamos parte de esta academia.

Ir y volver es característica humana por excelencia. Cada decisión implica migrar. Desde decidir cortarnos o teñirnos el cabello, subir o bajar de peso, mudar la paleta de colores en nuestro guardarropa o nuestro trabajo o casa hasta creer o no en algo o en alguien implica un cambio constante como atravesar el mar por Guajiras (“palo” flamenco). El aceptar la partida física de un ser amado o la bienvenida de un ser nuevo, sean éstas de cierto modo anunciadas o intempestivas, es migrar. En este sentido, “Con el alma aferrada” encierra el momento catártico, de meses de migraciones internas, compartidas, en solitario, de tristezas y alegrías e incluso de impasse.
El equipo encargado del montaje fue capaz de articular los tejidos, unir las piezas, para que el vaivén de emociones y experiencias pudiera reflejarse de manera impecable de principio a fin. Más aún, el uso de elementos magnifica estos sentimientos. Junto con los bastones, los sombreros, las castañuelas, los abanicos, las batas de cola y los mantones nos acompañan a nosotras las bailaoras y el bailaor en escena, como forma estilística y técnica, pero sobretodo como forma de expresar artísticamente lo que se vive en cada baile. En el caso del tanguillo, por ejemplo, el sombrero personifica esa gaveta mental y emotiva donde se atesoran los gratos recuerdos y donde se esconden los temores; ambos motores de transición.
A lo largo de los meses, cada paso, cada dirección artística y cada coreografía fueron migrando clase a clase y como lo han hecho y lo siguen haciendo millones de personas en el mundo, estas transformaciones, estas migraciones físicas, mentales y espirituales nos construyen día a día. La migración es un ir y venir. En muchos casos, los motivos son forzosos, otras ocasiones son aventuras o reencuentros, pero todos comparten un común denominador: la búsqueda de bienestar propio y para nuestras personas queridas.
De forma íntima, me siento identificada con nuestro próximo espectáculo. Ha sido un año de migraciones personales y profesionales; sin embargo, como bien escribió una de las profesoras de la academia: “…por eso migramos, porque la vida bien vale la pena”. Le invito a migrar este domingo 14 de diciembre, con nuestras idas y vueltas y “con el alma aferrada” a esta vida que con flamenco es hermosamente más llevadera. – Paola Badilla Vargas.