Estos días he pensado mucho en mi abuelo, en su condición de hijo de migrantes y en la realidad en la cual le tocó crecer: pobreza y carencias. Una madre y un padre que probablemente no hablaban bien el español en Guatemala, campesinos del norte de España que salieron en busca de un mejor futuro y se toparon de frente con un país distinto, con hijos que no pudieron enviar ni a la escuela por su condición económica precaria.

Cuando reflexiono sobre la niñez de mi abuelo, me remito a lo tangible al no poder obtener respuestas: pienso en el curso que comparto actualmente como tutora de estudiantes de cuarto año de la carrera de nutrición de la Universidad de Costa Rica, durante el segundo semestre del año. Me empeñé para este curso, en buscar lugares de práctica donde se necesitara mucho y donde los estudiantes pudieran emplear todas las habilidades y conocimientos adquiridos a lo largo de la carrera, en favor de quienes menos tienen. Así, este año fuimos tres compañeras las encargadas de monitorear proyectos de nutrición normal y clínica, en 11 lugares de práctica donde se atiende población menor de edad en riesgo social.

Uno de estos lugares se “robó” mi corazón y me hizo reflexionar sobre todos esos “los ciudadanos de tercera clase” (como dice Jose con tristeza cuando hablamos del tema), que viven con el alma aferrada, no sólo a los recuerdos, a las ambigüedades de las dos patrias y a toda la carga que supone el ser migrante o hijo de migrante, sino que además deben soportar el pesado fardo de la pobreza y de las carencias.

En Río Azul de la Unión se ubica el comedor Casa Hogar San Lázaro, una ONG cuya labor es atender a niños, adolescentes y adultos mayores en riesgo social de los precarios de Río Azul y los alrededores. Se fundó en 2006 como parte de la Asociación Benéfica Ven Conmigo, que curiosamente (esto no lo supe hasta después) abrió sus puertas en la ciudad de Guatemala, en 1999.

Este comedor cuenta con un grupo de valientes colaboradores que trabajan diariamente con muchísima mística a pesar de las limitaciones de espacio físico y de materia prima, para alimentar a cerca de 500 niños y niñas, entre los 2 y los 14 años de edad. Su objetivo es brindar un tiempo de comida (almuerzo) a los menores con más limitaciones económicas, con el fin de que los padres puedan destinar el poco ingreso familiar para comprar otros artículos básicos como por ejemplo, camas (para no dormir sobre el suelo), o láminas de zinc (para protegerse de la lluvia).

La mayoría de las familias beneficiarias están a cargo de mujeres jefas de hogar. El porcentaje de baja escolaridad y desempleo es alto. Además, la mayoría de los habitantes de esta zona son migrantes o hijos de migrantes, muchos indocumentados, sin acceso a servicios básicos de salud.

Nuestras estudiantes se esforzaron mucho este semestre, en todos los centros infantiles en los que trabajaron, pero las chicas que realizaron su práctica en Casa San Lázaro conversaron conmigo sobre el crecimiento personal que este espacio les había proporcionado y eso me llena aún más de satisfacción.

Mi papá y mi mamá, idealistas sin remedio, me enseñaron a creer que un mundo mejor es posible y que todos debemos trabajar por ello. Estas experiencias me llenan el corazón y ser testigo de la labor de tantas personas en estos centros infantiles, que trabajan con tanto carisma por esos niños y niñas, me devuelve la fe y la esperanza. Quizá algún día estas personas no tengan que vivir con el alma aferrada.

Estamos ya a una semana del espectáculo y yo sigo dándole vueltas a todo el tema de la migración en mi cabeza. Me ha tocado mucho, de maneras distintas. Estoy feliz con todo el trabajo y feliz de saber que podemos compartir lo que hacemos con otros, para llevar a Casa San Lázaro un pequeño aporte que les permita a estos seres humanos maravillosos continuar con esa labor sagrada de alimentar.

Así que muchas ganas esta última semana!

DOMINGO 14 DE DICIEMBRE: Con el alma aferrada
Teatro Eugene ONeill
4:00 pm (entradas disponibles) 7:00 pm (entradas agotadas)
tel 8342 4083