El primero de Febrero tuve un reencuentro con una amiga que hace unos cuatro o cinco años que no veía y que no había tenido noticias de ella. Se llama Jessie, una compañera de camino que recibió clases de baile español con mi mamá y luego

se integró por algún tiempo con Al Andalus. Su alegría al verme, su abrazo sincero y sus palabras, me recordaron porqué he dedicado gran parte de mi tiempo al flamenco: “Fueron los mejores años de mi vida, los llevo siempre como un hermoso
recuerdo en mi corazón”, me dijo ese día.

Así empecé el mes de Febrero, en el cual se celebra por costumbre el Día de la Amistad. Quiero en este mes de celebración, recordar algunas anécdotas de quienes han estado con Al Andalus durante ya bastante tiempo. De aquellos que han dejado su huella, de los que compartieron una parte de su vida, de los que se han marchado y de quienes persisten en el esfuerzo por mantener un tono distinto para que a pesar de los años, nos sigamos sintiendo como en familia.

Empecé a dar clases de baile español, lo cual es mucho decir…, cuando tenía 13 o 14 años, durante las vacaciones largas de Diciembre a Febrero. Tenía unas 8 a 10 alumnas que llegaban puntualmente a bailar en un saloncito que daba al jardín de
mi casa. Organizaba las clases con esmero para que las chicas disfrutaran. De esa primera generación es de la que hoy quiero contar algunos detalles que recuerdo y otros que las chicas recordaron por mi.

Diana, Silvia, Jessie y Karla, son las más “viejitas”. Crecimos juntas y bailaron conmigo desde que teníamos 7 u 8 años, de la mano de mi mamá Patricia Urrutia. Estoy segura que sus recuerdos de las presentaciones son como los míos: vestidos llenos de fustanes y calzones largos para las jotas, el esfuerzo de aprender desde tan pequeñas a tocar castañuelas, los bailes con las canciones de los Churumbeles que hoy por hoy, cuando escucho algunas de las letras pienso: ¡Oh por Dios! Recuerdo las funciones a beneficio del Hogar Luz, las visitas a los hogarcitos de ancianos, la presentación en Recreo Grande, los pasteles de cumpleaños que en más de una ocasión la mamá de Diana hizo para mí…Y en esta parte del viaje recuerdo también a otras personas que nos acompañaron como Tere, Hazel, Cornelia, Rocío Ch, Lupi, que eran las mayores por esos años. De todas sólo Diana continua con Al Andalus, aunque Silvia A nos echa una mano con las luces de vez en cuando y Karla, mi hermana, siempre está ahí para maquillarnos y para hacer todas las cosas de último minuto que se necesiten.

De Naty, Manfe, Adriana, Laura M y Ana Laura, que fueron mi primer grupo de chicas “grandes”, tengo pocos recuerdos. Naty me contó lo que recordaba. Dice que la primera vez que vino a clases, no sabía ni ella ni su mamá Flory, de qué se trataba exactamente. Así que se preparó hermosa para asistir a la clase con un elegante tutú celeste de ballet, mallas y zapatillas. Cuando llegó a clases, no cabía en su propio asombro y probablemente en el de las otras compañeras que lucían hermosas faldas de lunares y zapatos de tacón. Entonces volvió a casa contándole a su mamá que necesitaba una falda igual a la de sus amigas: negra con lunares verdes. Flory buscó y buscó la tela solicitada y finalmente logró encontrar una, que aunque por su textura no era apropiada para coser una falda, cumplía con los requisitos de color solicitados por su hija. Así pues Natalia llegó muy feliz vestida para la ocasión con su falda roja de lunares negros, que aunque no tenía caída, le quedaba bastante bien. Pero para su sorpresa había cometido un pequeño error: las faldas de las compañeras eran negras
con lunares rojos, y probablemente en su mente de niña el mundo de nuevo se le vino al suelo! Hoy Naty sigue bailando y enseñando flamenco, es mi cómplice en las locuras y mi brazo derecho en toda la logística de los espectáculos.

Igual Ali, mi hermana, no sólo va y viene conmigo en el sin fin de mandados y detalles que para mi significa la enseñanza del flamenco y la preparación de los eventos, si no que se ha tomado la titánica tarea de empezar con nuevas generaciones de pulgas saltarinas de 3 años, para desarrollar en ellas con cariño, dedicación y muuuucha paciencia, el gusto por este arte que tantos y tantos momentos bonitos nos ha permitido coleccionar en Al Andalus. Ali, Caty y Ani, fueron el trío atómico. Las amigas inseparables desde siempre y quienes más de una vez me sacaron de mis casillas, porque cuando “se les metía el agua” o se “encamotaban con algo”, no había quien pudiera contra ellas. En la foto tendrán 7 años, hoy son mujeres hechas y derechas, y aunque Caty y Ani viven fuera de Costa Rica, por temporadas se han integrado a escuelas de flamenco en el exterior, nos reunimos cada vez que vienen y siguen siendo de la familia.

Sofi C y Lau, eran las dos niñas más tímidas del grupo. Recuerdo inclusive que Lau se tabapa la boca para reírse y jamás jamás podía sacarle una sonrisa mientras bailaba. Pero a medida que el tiempo pasó el flamenco y Al Andalus tuvo efecto. Sofi C junto con Nane, Ana Laura, Ali, Naty, Caty y Silvia A, son de las que se comprometían más allá de sólo bailar. En distintos momentos de la trayectoria formaron junto conmigo un equipo de trabajo. Recuerdo a Nane en mi casa, las dos descalzas para “pensar” mejor, organizando los poemas de Lorca para la función que presentamos en el II Festival Internacional de Flamenco en el Teatro Nacional en el 2003. Ana Laura organizando vestuario y escenografía. Sofía C que siempre iba un paso más delante de todos en la organización y Naty en la comunicación y la logística. Recuerdo también
a Caty ensayando a las niñas pequeñas cuando yo estaba en el hospital en espera del nacimiento de Triana (mi hija), a un mes de la muestra de fin de año. Nunca olvidaré su llamada desde el salón de ensayo y las pulguitas diciéndome por el teléfono que se estaban portando bien.

Angie llegó por primera vez cuando tenía alrededor de 4 años. La recuerdo sentadita en las gradas a un ladito del salón mirando bailar a su hermana Natalia. Se interesó tanto que le ofrecí la posibilidad de integrarse a las clases y hasta la fecha. Ahora ya esta una mujer al igual que Mariann (mi prima), Manfe (otra prima), Lina, Alejandra, Flori y no sé si por mi mala memoria alguna se me escapará en este momento. Meli llegó a mi de forma distinta, aunque no fue de la primera generación, es casi casi y se integró con todas especialmente con Angie, con quién por temporadas fue como una mancuerna.

Además al igual que Lina, en más de una ocasión ha formado parte de los músicos de Al Andalus, compartiendo con nosotros su flauta traversa.

Jose (mi esposo) y Juan (su hermano), iniciaron con nosotros la aventura de Al Andalus en 1991. Acompañados de su guitarra, cantaron todo lo que les pedí. Hoy cuando trato de recordar y repaso las letras y canciones que les solicitaba, no me queda más que decirles que los quiero mucho por aguantarme tantas locuras!!! Nos han acompañado a bailar a un sinfín de lugares, pero recuerdo dos en especial: La cárcel de mujeres y un hogar para trabajadoras de la calle en plena zona roja de San José. Fuimos a compartir un rato con estas personas a petición de amigos que organizaban diversas actividades benéficas.

En la cárcel de mujeres, aparte de ser la primera vez para todos en una cárcel y que el ambiente es un poco intimidante, era difícil subirse a un escenario, lograr el silencio al que estábamos acostumbrados y recibir “aplausos” un tanto diferentes al
estar acompañados de “piropos” pasados de tono. Pero era un compromiso y allí estaba Al Andalus. Entonces deciden ambos cantar una rumba y escucho la primera letra: “Libre quiero ser, quiero ser, quiero ser libre…” ¡Casi me da algo! Lo peor es que por más “caras y ojos” que tratábamos de hacer, fue demasiado tarde cuando ambos se dieron cuenta de lo que estaban cantando.

En el hogar para trabajadoras de la calle, el ambiente era bastante similar. Recuerdo que mi papá llevaba el carro lleno chicas y al darse cuenta que estaba en plena zona roja de San José, que llevaba a cinco chiquillas maquilladas hasta decir basta, con camisilla de tirantes y que teníamos que caminar un par de cuadras hasta el lugar, sólo abrió la guantera del carro, sacó un par de pañuelos faciales y nos dijo: ¡Se limpian la cara y se tapan con el suéter! Luego cuando Jose y Juan se encuentran con nosotras en el lugar, me dicen: ¡Rocío dónde nos has metido! Pero a pesar de los sustos y reclamos, en ambos lugares la satisfacción al final nos hizo olvidar la congoja, al ver la alegría, unas cuantas lágrimas y el agradecimiento de los presentes.

Han sido muchos años de compartir con todos, Jose el amor de vida, Juan incondicional y esa primera generación de chicas que son como mis hermanas y mis hijas de la vida. Los quiero muchísimo y me siento orgullosa de sus logros
profesionales, los apoyo en sus locuras personales, me siento feliz cuándo veo cómo disfrutan la vida y me duele cuándo pasan momentos difíciles. En este año de celebración de 20 años de Al Andalus y en este mes de la Amistad, quiero darles
gracias, muchas muchas gracias,
por llenar mi vida de tantos momentos inolvidables, por estar conmigo en las buenas y en las malas, por ser mis amigos de forma sincera.

Los quiero muchísimo y sólo pido un deseo al apagar las 20 velitas del pastel: ¡Tener mucho Al Andalus para rato!